Cada atisbo de regocijo me sume en una melancolía aún más profunda que la anterior, muy dura de masticar, dolorosa de digerir. Mi presente son los recuerdos del pasado que, aunque lacerantes, llenos de la familiaridad que lo caracterizan, se hacen tan llevaderos como pisar descalzo clavos enrojecidos por el calor. Un refugio seguro de dolores nuevos, que me obliga a repetir en un bucle los antiguos.

Un sorbo amargo, no lo suficientemente asqueroso para arriesgarme a tomar de otra copa, pero sí lo suficientemente similar al sabor de mi realidad para anclarme a su corteza; vivir en constante lluvia para evitar una posible inundación. Soy temeroso al ahogamiento, igual que a pasar frío, pero no lo suficiente para caminar hacia adelante y buscar resguardo.

Cada zancada me sume en aquel fétido pantano; me estableceré en el reposo, evitaré a toda costa seguir sufriendo por buscar sentirme menos vacío. Llenarme cuesta cada vez más, mis grietas dejan salir la poca vitalidad que me queda, no encuentro las fuerzas para no terminar en mil pedazos.

Trabajo con los escombros de mi existencia, buscando reconstruir algo distinto, pero todo es semejante, tan solo distinguido por las rupturas que se desmoronan a mis ojos. Vuelvo a ser polvo, imposible de levantar, diluido por el aire y olvidado por la gente. Un corazón que, aunque lleno de sueños, nunca dejó de llorar.