Podré estar bien, pero la sensación de vacío no abandona mi cuerpo; no importa cuánto dinero ni lujos tenga para ahogar los gritos de agonía de mi mente, nada podrá arrebatarme la soledad que cargo en mis hombros.
Se deslizan por el desagüe todas las esperanzas de soltar cómo me siento; se diluyen como el agua remojando un papel, al igual que las voces en mi cabeza que me recuerdan que valgo algo y que aún no es hora de soltar mis deseos.
Con cada semana, sus voces son un tenue sonido que se mezcla con el pesimismo que me caracteriza desde siempre, pero que ahora vivo más allá de lo que mi boca pronuncia. Una mezcla homogénea, imposible de separar con sustancias desequilibradas; una gota de luz en un océano profundo carente de los rayos del sol.
No le temo al futuro porque no lo puedo ver; mi presente se siente denso y me atrapa. Vivo en estado de calma, lleno de rencor y vacío, que repudio con las pocas ganas que me quedan para darle importancia a algo.
Simplemente, ¿qué pasará conmigo? No lo sé.